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La Gran Entrevista

Marcela Ibáñez: «Cuando se apagó la luz roja, tuve que aprender quién era yo»

Una conversación larga y sin apuro con la reconocida ex conductora de noticias sobre su jubilación, el cambio de identidad y el camino para superar la ansiedad.

Lectura de unos 12 minutos

Elegant Chilean woman in her sixties with silver hair seated in an armchair, looking calmly at the camera

Introducción

Durante treinta y un años, la voz de Marcela Ibáñez Quiroga fue parte de la cena de miles de hogares chilenos. Conducía el noticiero central con una serenidad que se volvió su sello: nunca un titular de más, nunca una palabra fuera de lugar. Quienes la veían a diario pensaban que nada podía inquietarla.

Pero hace dos años, a los 62, tomó la decisión de dejar la pantalla. Lo que vino después no fue el descanso que imaginaba. Fue un silencio largo, noches sin dormir y una pregunta que no sabía responder: ¿quién soy cuando ya nadie me presenta por mi cargo?

Hoy, a los 64, Marcela vive en una casa con patio en Ñuñoa, dirige un taller de lectura en voz alta en un club de adulto mayor de su barrio y es voluntaria en un programa de acompañamiento a personas que viven solas. Nos recibió una mañana de otoño, con una tetera sobre la mesa y la puerta abierta, para conversar sin reloj y sin libreto sobre la jubilación, el cambio de identidad y la ansiedad que, según ella, nadie le avisó que podía llegar.

¿Cómo recuerda el último día en que estuvo frente a las cámaras?

Con una mezcla extraña de agradecimiento y vértigo. Preparé muy bien mi despedida, escribí cada palabra, y creo que me salió bonita. Todos me abrazaron, hubo flores, hubo aplausos. Volví a mi casa esa noche sintiéndome querida y, a la vez, como si alguien me hubiera quitado el piso sin avisarme.

Lo que pasa es que uno se va preparando para el adiós como evento, como ceremonia. Nadie te prepara para el día siguiente, que es el que de verdad cuenta. El aplauso se termina, pero la vida sigue y hay que llenarla de algo.

¿Qué fue lo primero que sintió al día siguiente?

Me desperté a las cuatro y media de la mañana, como todos los días de mi vida laboral. Me senté en la cama, lista para partir, y de pronto me di cuenta de que no tenía adónde ir. Esa primera mañana el silencio de la casa me pareció ensordecedor.

Pensé que era cosa de unos días, que mi cuerpo se iba a acostumbrar. Pero pasaron las semanas y empecé a sentir una opresión en el pecho, un nerviosismo constante, como si hubiera olvidado algo importante. Después supe que tenía nombre: ansiedad. Yo, que toda la vida había hablado de la calma al aire, no sabía reconocerla en mí misma.

¿Cómo enfrentó esa ansiedad? ¿Qué la ayudó realmente?

Lo primero fue admitirlo. Me costó muchísimo, porque yo era “la que siempre tenía todo bajo control”. Una amiga de toda la vida me dijo: “Marcela, aquí no estás en cámara; puedes decir que no estás bien”. Esa frase me abrió una puerta.

Después fui paso a paso. Empecé terapia con una psicóloga que me enseñó a respirar de verdad, a reconocer los pensamientos que se me disparaban de madrugada. Volví a caminar todas las mañanas por el parque, aunque no tuviera ganas. Y me impuse una regla sencilla: que cada día tuviera al menos tres cosas con horario, aunque fueran pequeñas, como regar las plantas, llamar a mi hermana y leer una hora. La rutina no cura todo, pero ordena el ánimo cuando uno se siente a la deriva.

Stack of books and reading glasses on a table next to a sunny window

Usted dice que lo más difícil fue la identidad. ¿A qué se refiere?

Durante décadas mi nombre venía pegado a un cargo. En un restaurante, en el consultorio, en la fila del banco, siempre había alguien que me decía “usted es la de las noticias”. Yo creía que esa persona era yo. Cuando dejé el puesto, me di cuenta de que había confundido lo que hacía con lo que era.

Hubo una tarde en que alguien me preguntó a qué me dedicaba y me quedé muda. No supe qué contestar. Esa noche lloré mucho, pero fue un llanto útil, porque entendí que tenía que volver a conocerme. Empecé a hacerme preguntas muy simples: ¿qué me gusta?, ¿qué me da paz?, ¿con quién me río de verdad? Y de a poco fui armando una identidad nueva, más sencilla y, curiosamente, más mía.

¿Y la preocupación por lo económico? Muchas personas temen por su pensión.

Es un miedo legítimo y creo que hay que hablarlo sin vergüenza. En Chile casi todos pasamos por el sistema de las AFP y llegamos a la jubilación con muchas dudas sobre cómo será el nuevo presupuesto de la casa. Yo no fui la excepción, aunque me había organizado con tiempo.

Lo que me ayudó fue sentarme con un asesor previsional, entender mis opciones con calma y hacer un presupuesto realista, ajustando hábitos sin dramatizar. También conversé con mi familia, porque cuando uno calla estas preocupaciones, pesan el doble. Lo recomiendo mucho: ordenar los números es una forma concreta de ordenar la cabeza, y la tranquilidad que viene después es enorme.

¿Cómo es hoy un día cualquiera en su vida?

Muy distinto y, me atrevo a decir, más rico. Me levanto a las siete, sin despertador, tomo mi desayuno en el patio y salgo a caminar. Tres veces por semana voy al club de adulto mayor del barrio, donde dirijo un taller de lectura en voz alta. Hay señoras y señores de más de ochenta años que me corrigen la entonación, y me encanta.

Los martes soy voluntaria en un programa que acompaña a personas que viven solas: las visitamos, tomamos once, conversamos. Mis tardes son para mis nietos, para los amigos o para no hacer nada, que también aprendí a disfrutar. No me pregunte por las noticias: ya no las veo con la urgencia de antes. Ahora me interesan más las historias de la gente que tengo al lado.

Empty wooden bench in a quiet park path covered in autumn leaves

¿Qué le diría a una persona que siente miedo de jubilarse?

Primero, que ese miedo es normal y no la hace débil. Segundo, que no tiene que enfrentarlo sola. Hable con alguien: un amigo, un familiar, un profesional. Los miedos que se callan crecen; los que se conversan se encogen.

Y tercero, que empiece a preparar la nueva etapa antes de que llegue. Explore pasatiempos, acérquese a un grupo, pruebe un voluntariado. No espere a tener todo resuelto para dar el primer paso. La vida después del trabajo no se improvisa de un día para otro, pero se construye con gestos pequeños, uno cada día.

Mirando hacia atrás, ¿qué es lo que más agradece de este cambio?

Haber recuperado el tiempo para la gente. Durante años me perdí cumpleaños, almuerzos de domingo, conversaciones largas con mi madre. Hoy puedo estar. Y también agradezco haber descubierto que no necesito un micrófono para tener algo que decir.

Si algo aprendí es que uno no se jubila de la vida, se jubila de un horario. Lo demás —la curiosidad, el afecto, las ganas de aprender— sigue ahí, esperando que le hagamos espacio.

Reflexión final

Reinventarse también es una forma de volver a casa

Al terminar la conversación, Marcela nos acompaña hasta la puerta y se detiene a regar una última maceta. Dice que ya no le teme a las mañanas largas, que aprendió a llenarlas de cosas simples y, sobre todo, de personas.

Su historia no ofrece fórmulas mágicas. Habla de un proceso lento, con noches difíciles, con ayuda profesional, con rutinas pequeñas y con la valentía de aceptar que, a veces, el mayor cambio no es dejar un trabajo, sino aprender a mirarse sin él. Y quizás por eso su testimonio resuena tanto en quienes están por jubilarse o ya lo hicieron: porque nos recuerda que reinventarse a los sesenta y tantos no es una derrota, sino una oportunidad para volver a casa.

Si usted está viviendo algo parecido, tome estas palabras como una invitación: respire, converse, pida compañía. La nueva etapa también puede ser luminosa.

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